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Éxodo de cerebros

Óptica Libre / Por Angy Bracho

Históricamente, nuestra “Pequeña Venecia” ha sido una patria madre, buena y acogedora. Un país dotado de ingentes bellezas naturales, recursos de todo tipo, mujeres hermosas, gente cálida y receptiva.
Por eso, Venezuela recibió cantidades enormes de inmigrantes de todas partes del mundo, sobre todo hermanos latinoamericanos y europeos de post-guerra que venían buscando un mejor porvenir.
Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado y el panorama nacional se muestra adverso. Pareciera que la perspectiva a futuro de quienes detentan el poder está basada en un pasado olvidado, en derrumbar todo y reconstruir sobre las cenizas.
Desde hace varios años, escuchaba decir a uno de mis primos “la única salida es por Maiquetía”. Sin embargo, creo que muchos habíamos decidido poner un voto de confianza en el país, en los gobernantes, y en el presidente Chávez, tal vez por ser descendiente de una modesta familia venezolana, y estar aparentemente interesado en la causa de ayudar a los pobres.
Sé que muchos dudamos, en algún momento, que Chávez fuese un dictador, que quisiese llevar a la ruina al país o, más aún, que quisiese que el pueblo se hiciera miserable e ignorante para dominar sin que nadie le opusiera resistencia.
Pero cada día es más evidente la situación deplorable en la que se ha sumergido la nación. La galopante contracción de la actividad productiva, el colapso económico, el vertiginoso empobrecimiento de la gente, el descontrol de la violencia y la inseguridad, el cierre de empresas e industrias a toda escala como consecuencia de la deuda que mantiene con ellas el sector público, la creciente inflación, la crisis en la educación, el permanente estado de anomia y caos, entre muchos otros factores dejan ver que la nueva circunstancia es de andarse con cuidado.

Queda muy claro entonces, que se trata de un coctel de situaciones que han ido desencadenando una nueva realidad, que a su vez trasciende las fronteras y convierte al venezolano en el nuevo emigrante del continente y, en consecuencia, en un potencial nuevo problema internacional.

Cada vez más son los jóvenes, en su mayoría profesionales recién graduados, que contemplan la idea de dejar el país para ir en busca de nuevas oportunidades. Cerebros talentosos, formados por años, que deciden partir a probar suerte en otros países, donde es posible que pasen años antes de llegar a ser tratados como ciudadanos de primera o que jamás lo sean.

Con Venezuela en el listado de países emisores de emigrantes lo único que yo desearía es que con todo lo receptiva que fue esta tierra con todos los inmigrantes, lo mínimo que podemos pedir es un poco de reciprocidad cuando estamos atravesando momentos difíciles.

Cadivi: La pesadilla

Salir del país a aventurar, estudiar, vivir o probar suerte equivale, frecuentemente a tener que toparse de frente con unos de los capítulos más tétricos y traumáticos de convertirse en viajero: Cadivi, o lo que es lo mismo, la Comisión de Administración de Divisas.

Si bien es cierto que la Comisión, ofrece el privilegio del disfrute de un dólar que cuenta con un diferencial cambiario de más o menos 200%, es decir, un tercio del valor del dólar paralelo, también es cierto que el calvario que representa conseguir esas escasas divisas es agotador y probablemente inútil.

Para comenzar, es de hacer notar que el acceso a los dólares preferenciales lo tienen sólo aquellos que cuentan con una tarjeta de crédito. No sólo eso, sino que además usted debe manejar las herramientas de exploración de Internet para poder realizar los trámites en línea a través de la página de Cadivi, o por lo menos tener los medios económicos para pagarle a un gestor que haga los trámites.

Planillas en mano, comience a correr para comprar y comenzar a armar las carpetas con los requisitos, etiquetas, separadores, ganchos, etc. Llevarlas al banco, devolverse a comprar todo lo que le faltó, voltearle el gancho para consignarlos de nuevo y esperar a que faltando horas para su viaje le llegue la aprobación.

También debo decirles que aún con el cupo aprobado, usted no tiene garantía de que podrá usarlo en el exterior, de modo que será de gran utilidad llevar consigo moneda en efectivo.

Me disculpa algún lector si no entiende todo esto. Hay que vivirlo para entenderlo.

El “Dólar Cadivi”, sin embargo, es una ventaja para quienes deciden salir del país y logran usar las divisas. Mas, el ser una ventaja para el viajero no lo convierte en beneficioso para el país. Me refiero a que mantener el valor del dólar en 2,15 es seguir demorando una devaluación de la que se ha huido más como una estrategia política que económica. Pero ¿será o no factible continuar con este esquema? ¿Hasta cuándo se seguirá sacrificando al país por una lealtad política que no tiene sentido?

Si usted ha llegado al final de este artículo, entonces ya puede imaginarse por qué es tan complicado sacar un pasaporte u obtener dólares en este país. Es claro que, a pesar de que los venezolanos no conocemos otros éxodos que no sean el del pueblo de Israel y el éxodo campesino, los gobernantes si vieron venir la partida desde hace mucho y para eso se crearon la nueva Onidex y Cadivi. Prácticamente, mecanismos obstaculizadores para los que comienzan a coquetear con la idea de abandonar su cuna, un poco para impedir que continúe el éxodo de cerebros.

La escapada y el sueño americano
Desde hace ya varios años en Estados Unidos se hablaba de la fuga masiva de capital humano que estaba ocurriendo en Venezuela. Un editorial publicado por el Investor´s Business Daily del 2007 aseguraba que la inmigración venezolana a los Estados Unidos habría subido más de un 5.000% desde el 2000 y que en Canadá se notaba un aumento similar.
“Nuestra ganancia es pérdida para Venezuela”, decía el editorial titulado Venezuela’s Lost Human Capital (La pérdida de Venezuela de Capital Humano). “Es una lástima. El presidente Chávez está alejando el mayor tesoro de su país e, irónicamente, lo está lanzando directamente a las manos de su “peor enemigo”: Nosotros”.


Venezuela, la peligrosa


Óptica Libre / Por Angy Bracho

Si usted es de los que porta un auto, un celular de última generación, zapatos de marca o simplemente un reloj llamativo… ¡Manténgase alerta, podría ser la próxima víctima! No quiero ser pesimista, con llevarle un poco los pies a la tierra, quizás le esté haciendo un favor.

Estudios realizados por la ONG Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV) señalan que al menos 4 de cada 10 personas han sido víctimas de la violencia que asedia las calles de nuestro país, que cada 38 minutos muere un venezolano, que los homicidios en Venezuela aumentaron de 4.560, en 1998, a 14.589, al finalizar el 2008. Que son 7 veces más los robos con violencia que los homicidios y, que la impunidad en el tema de estos delitos alcanza aproximadamente entre un 95 y 97 por ciento.

El Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) asegura que el 86,7% de los crímenes son cometidos usando armas de fuego. Que las muertes violentas en hombres son “casi trece veces superior a la de las mujeres” y sobre todo jóvenes de bajos estratos sociales.

Pero ni los numeritos en rojo, ni los porcentajes elevados son de preocuparse. La posibilidad de convertirse en uno más de esos que no regresan con vida a su casa el fin de semana y la, cada vez más alta, probabilidad de ser atracado, hurtado, secuestrado, o golpeado en la calle son las que llaman a la preocupación.

En 2006 el ex ministro Jesse Chacón reconoció públicamente, sin pena ni gloria, que en el país circulaban más de cuatro millones y medio de armas sin ningún tipo de permisología, de los seis millones en total que hay en el país.

Por eso, hablar de la seguridad en Venezuela, o de la inseguridad, es llover sobre mojado. Difícilmente podría yo llegar a decir más de lo que se ha dicho. El tema pareciera que nos preocupa a todos, excepto a quienes deberían ocuparse de garantizar la salvedad de sus conciudadanos.

Mientras el hampa azota las calles, cientos de funcionarios encargados de resguardar la seguridad del ciudadano común se encuentran velando, únicamente, por la seguridad de sus puestos. La mayoría de las veces cuidando de otros funcionarios o haciendo el papel de escoltas.

A propósito del tema de los escoltas, servicio que a pesar de ser ilícito, porque no cuenta con los permisos otorgados por el Ministerio de Interior y Justicia, sigue incrementándose de una forma notable.

Mi sorpresa fue mayúscula, hace unas semanas, cuando en el cine se sentaron a mi lado un señor con su esposa y junto a ellos sus dos guardaespaldas. Más normal, sin embargo, resulta ver las numerosas comitivas rondando los colegios de la zona mientras los jovencitos provenientes de familias adineradas están en clases.

Asimismo, asombra como los ciudadanos comunes, aquellos que no tienen tanta plata como para pagar escoltas, pero que tienen una familia por la que velar, compran armas de forma indiscriminada, para tener en la casa, en el carro, en el negocito y una para “cargarla encima”.

Las ventas de armas se han incrementado en un 80% en los últimos dos años, de acuerdo con investigaciones realizadas por el OVV. Basándose en una encuesta realizada en 2008 con una muestra de más de 1.000 personas, también determinó que la población está dispuesta a arriesgar su vida y se ha proclamado el “derecho a matar para defender la familia”. Un 28% de los encuestados dijo estar dispuesto a tener un arma de fuego como protección y un 67% aprueba los linchamientos o la posibilidad de hacer justicia por cuenta propia.

El gobierno venezolano celebró a principios de 2009 una reducción del 20% en las muertes violentas durante 2008 aunque no reveló cifras.

Paradójicamente, una investigación inédita revela que la nueva capital mundial de la violencia es Caracas, después de Ciudad Juárez, localidad ubicada en la frontera de México con Estados Unidos donde la protagonista es una lucha entre los carteles de la droga.

La medición realizada por la organización civil mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública (CCSP) se hizo a partir del número de homicidios cometidos, por cada 100.000 habitantes. Ciudad Juárez aparece como la urbe más violenta del mundo con 130, Caracas, ocupa el segundo puesto con 96 homicidios, Nueva Orleans, USA, el tercero con 95 y Bagdad, la capital de Irak agobiada por la guerra ocupa el décimo lugar con 40 homicidios dolosos.

¡Impresionante! La verdad, creo que la mayoría de los venezolanos estábamos convencidos de que la situación de violencia ha ido en una avanzada asombrosa. Pero de allí a aceptarnos capital de la violencia mundial, no lo creo.

Parece que a nuestra tierra ha llegado el reinado de la anomia, las leyes se fueron de vacaciones junto con los funcionarios de los cuerpos de seguridad estatales.

Tal como lo decía en la pasada entrega de Óptica Libre, si bien es cierto que la violencia, en gran medida, viene de manos de civiles también es cierto que, la responsabilidad de esos hechos es inherente al Estado porque es éste el encargado de velar y garantizar los derechos de sus ciudadanos.

No se puede hablar de un auténtico derecho a la vida, a la justicia, a la integridad personal, a la libertad cuando la población está expuesta de forma permanente a la agresión, violencia, impunidad, el secuestro y el peligro latente que representa para cualquiera, el simple hecho de salir a la calle.

Para colmo, la gran mayoría de las víctimas ni siquiera denuncia el delito bien sea porque percibe que la policía no hará nada o por el temor a las represalias, pues es también sabido que desde las mismas instituciones fluye la información casi espontáneamente hacia los delincuentes.

La pregunta es la de siempre. ¿Qué es lo que ha pasado en estos diez años? ¿Qué nos ha levado a este callejón sin salida? ¿Qué han estado haciendo las autoridades? ¿Cómo han llegado a triplicarse los homicidios en diez años?

Un planteamiento interesante hace Roberto Briceño, director del Observatorio Venezolano de Violencia “los primeros muertos por cada 100.000 habitantes tienen la misma explicación que tendrían en México o Brasil. Pobreza, desigualdad… Pero los otros veintitantos tienen que ver con el quiebro del pacto social que se ha llevado con este Gobierno. Cuando el presidente hace un minuto de silencio por el guerrillero Raúl Reyes, está creando un desorden en la sociedad”.

¿Cómo resolverlo?

Desde los más pacifistas hasta los más radicales aseguran que hay que poner un alto al flagelo que significa la inseguridad. “Es un riesgo que nos acostumbremos a la cotidianidad de la violencia” decía un grupo de profesores y psicólogos que se manifestaban recientemente en la capital.

La intervención y depuración de los cuerpos policiales e instituciones afines, no deja de ser una excelente opción. Para algunos la idea de crear nuevos centros penitenciarios, con un nuevo concepto y un plan de reinserción social de los delincuentes sería suficiente, para los radicales bastaría la idea de crear grupos de exterminio debido al nivel -in crescendo- de las cifras rojas.

A estas alturas, no es que me parezca que una idea es mala o la otra sea buena, pero me temo que resultaría insuficiente tomar medidas aisladas de cualquier tipo si el mismo plan de saneamiento no fuera estructuralmente digno y creíble. Le tocará al Ejecutivo tomar la situación por sus manos, proclamar una ley bien sólida y diseñar una magnifica estrategia para poder coronar con éxito a la hora de ejecutar su plan.

Terror en los medios

Óptica Libre / Por Angy Bracho

Mientras usted lee esta columna la preocupación de miles de venezolanos crece más y más. La sistemática agresión a los periodistas y medios de comunicación se ha convertido en un dolor de cabeza permanente para amigos y familiares de quienes trabajan en los medios de comunicación.

Lo que comenzó con ademanes de escasa cordialidad y comentarios aparentemente inocuos hoy se ha tornado en una afrenta pública que comienza a descender desde las más altas esferas del poder y va replicando en gobernaciones, alcaldías hasta llegar al ciudadano común.

El agravio está aupado cada vez más por un verbo odioso, colmado de golpes, amenazas y arremetidas en contra de los profesionales de la comunicación y sus jefes, quienes hoy en día pareciera que se han convertido en un nuevo blanco marcial.

Intimidaciones, amenazas, torturas, detenciones, golpes, secuestros y homicidios se dan cita, no importa el lugar ni el horario ni la fecha en el calendario para las agresiones, ya no hay motivos porque no necesitan ser justificadas, no hay explicaciones porque no hay quien las exija. Para conocer datos concretos, sobre los sucesos que se han venido produciendo durante esta última década, relacionados con el tema de la agresión a los periodistas, dueños de medios y trabajadores ligados a los medios, puede hacerlo visitando la página del Instituto Prensa y Sociedad http://www.ipys.org.ve/.

Para Alba Ysabel Perdomo, corresponsal de Ipys en Ciudad Guayana y catedrática de la escuela de Comunicación Social en la UCAB “No es solo que los medios están aterrorizados, es que la sociedad se va a sumir en el silencio, que cada medio cerrado es una ventana menos al mundo, que cada periodista agredido es una voz silenciada y que el silencio lleva a la oscuridad, a no tomar decisiones, a no conocer lo que sucede”.

Si bien es cierto que gran parte de las agresiones perpetradas contra medios y periodistas ocurren a manos de civiles, en medio de motines o disturbios, debido a reacciones irracionales o de determinaciones tomadas por funcionarios que abusan de su autoridad, también es cierto que, en todo caso, la responsabilidad de esos hechos es inherente al Estado porque es éste el encargado de velar y garantizar los derechos de sus ciudadanos.

Al vulnerar la vida de un comunicador se ponen en juego su derecho a la vida, al trabajo, la libertad de expresión y de información, la integridad personal, la seguridad, la vida privada, en conclusión, una serie de derechos que se hallan estrechamente interconectados y que es imposible desvincular.

Más aún, cuando se pone en riesgo la vida de una persona que trabaja para mantener informada a una comunidad, la transgresión de sus derechos trasciende y no sólo se vulnera el derecho de un individuo, sino el de derecho cultural de esa sociedad a permanecer informada, educada y entretenida.

Ciertamente, no faltan casos en que medios y comunicadores han sobrepasado los límites del periodismo equilibrado que busca informar y educar, evitando los juicios de valor. No han faltado los que han malentendido la libertad de expresión y la han convertido en “libertinaje de expresión” como han asegurado en varias oportunidades altos funcionarios gubernamentales. No obstante, habría sido justo optar por medidas que, en lugar de promover la violencia y la polarización, estuviesen orientadas a llamar a la reflexión a quienes se empeñan en hacer la labor de los jueces.

Conversando con un amigo nos preguntamos cómo hemos llegado a este punto. Me refiero a las tensiones que cada día aumentan respecto a temas como el de las concesiones revocadas de las emisoras, la violencia generalizada, las agresiones contras periodistas y empresarios de medios, la inseguridad, la economía y un sinfín de asuntos que nos preocupan a casi todos.

No me explico cómo es que después de diez años no se ha logrado un equilibrio ni se ha encontrado una solución para los problemas que enfrentamos a diario, no los de oposición ni los oficialistas, sino los venezolanos en el sentido más amplio, problemas que paradójicamente se han dejado avanzar y han ido empeorando “a paso de vencedores”.

Gobernar no se trata de mejorar las condiciones para unos sino para todos. No tiene sentido que los que eran pobres ahora sean acomodados si los que eran acomodados ahora han caído en bancarrota, así como tampoco tiene sentido que las libertades sean amplias para los periodistas adeptos al partido oficialista si para los que piensan diferente la censura es inminente. La libertad deja de ser auténtica cuando existen límites para el que no comparte las mismas ideas, cuando se convierte en una inmunidad exclusiva para el camarada.

Despiece
Venezuela, un lugar para todos

Cuando era apenas una niña pensaba que la guerra no existía, que era una cuestión del pasado. No me imaginaba como la “gente grande” podía pelearse por tierras o dinero, mucho menos por el poder, que me resultaba algo tan abstracto como absurdo. Peor aún fue, para mí, comenzar a entender la gran problemática del Medio Oriente donde casi todas las guerras ocurren “en nombre de Dios”.

¿Cómo podría yo entender esto si en mi colegio católico, mis amigos musulmanes, evangélicos, drusos o budistas le llevaban rosas a la Virgen María? ¿Cómo podría haber entendido sobre el apartheid si en mi país, blancos y negros son lo mismo, si los chinos, alemanes o árabes fueron tan bien recibidos que todos terminamos mezclados?

El venezolano es así, esa es su naturaleza, abierta, receptiva, incluyente y plural. En esta tierra llena de gracia cuando hay poco, compartimos. Aquí recibimos naturalmente a los extranjeros y si se dejan querer no tardan en ser acogidos, incorporados y hasta adoptados por cualquier familia o grupo de amigos.

Por eso, más que nada en el mundo, me cuesta creer que hayamos llegado al punto en que la polarización, la agresividad y la violencia parecieran haberse apoderado de los corazones de nuestra gente.

Por eso me afecta aceptar que hoy, muchas familias se encuentren separadas por cuestiones políticas como consecuencia de las crecientes diferencias entre dos polos.

Por eso me rehúso a aceptar que la intolerancia se haya desatado al punto de que por reclamar el precio de un par de arepas el dueño haya matado a quemarropa a dos mujeres, una de ellas embarazada, o de que, por protestar pacíficamente le den una paliza a 12 personas sin reparar en las consecuencias que traen estos actos dañinos y repugnantes.

Lo que quiero decir es que de un país como el nuestro donde, por siglos, ha convivido felizmente gente de todo el mundo resulta aterrador advertir un panorama tan polarizado.

La radio, voces que se apagan

Óptica Libre / Por Angy Bracho
Aunque tendríamos muchos temas para comentar todo lo que ha ocurrido esta semana en el panorama nacional, por verdadera convicción, dejaré todo de lado para plantear algunas modestas reflexiones sobre la radiodifusión en Venezuela.

Y es que de pronto este no es un tema tan álgido como el de la Ley de Educación o la lamentable agresión a los colegas periodistas pero es también importante que en nuestro país, los radioescuchas puedan seguir oyendo a quienes les gusta, que los anunciantes puedan seguir contando con ese comunicador y ese medio a quien le han confiado el nombre de su producto para destacar su marca. Es una cuestión de respeto a la libertad de elección.

Si usted escucha a Cesar Miguel cada mañana, si lo suyo es oír a Ana María Simon con Pedro Luis Flores a mediodía, o a Nehemí Luna con su rumba suave, si lo que le interesa es escuchar a los Penzini en su nota financiera, al señor Pateti o a cualquier otro periodista. Ese es su derecho. Y es que no se trata de incitar a la violencia, de sembrar discordias, ni de armar alboroto respecto a este tema que los comunicadores nos hemos encargado de mantener en boga, sino un intento más por preservar la libertad de escuchar, y decir, más que eso, la libertad de ser íntegramente.

Se me hace difícil entender cómo echar mano a los medios de comunicación llega a ser una prioridad, una tarea que avanza a paso de liebre, cuando otras labores como las de controlar la inseguridad o la violencia, que ya han rebasado ampliamente los niveles de lo que debería ser lo normal andan a paso de tortuga.

Me pregunto si ha sido la radio en nuestro país tan dañina que merece ser sancionada y amordazada sin ningún tipo de contemplaciones, sin plazo para rectificar o poner al día sus documentos, sin derecho a un debido proceso. Más o menos equiparo esta arbitrariedad con la decisión de desaparecer la Corporación Venezolana de Guayana que tanto ha hecho por esta región. No sólo me parece injusto, me parece también insólito que no nos demos cuenta lo que nos están quitando de las manos.

¿Pero, a qué responden estás acciones? ¿Es que acaso ha dejado de ser viable la tolerancia y la pluralidad de las ideas o es simplemente una medida que busca acaparar una nueva audiencia para los cada vez más numerosos medios adeptos al oficialismo?

¿No es suficiente tener el control de la Radio Nacional de Venezuela, un canal internacional, 231 emisoras comunitarias en frecuencia modulada, cinco televisoras nacionales, 35 televisoras abiertas comunitarias, una agencia de noticias, más de un centenar de páginas web y 73 periódicos comunitarios?

No me explico entonces a qué se refiere la idea de "democratizar el uso del espectro radioeléctrico (...) y erradicar el latifundio radioeléctrico”. ¿No sería más productivo y más sano encargarse de mejorar la calidad de las herramientas comunicacionales en lugar revocar las concesiones a los medios existentes? Aún más allá, ¿resuelven, estas acciones, alguno de los muchos problemas que tenemos planteados en la cotidianidad nacional?

¡Mejor no lo digas!

Todo lo que le está ocurriendo a las radiodifusoras ha ido destapando una olla que conduce inexorablemente hacia un camino donde ignorar la realidad de los diferentes medios resulta imposible.

El panorama está marcado por una serie de características comunes. Medios regulados por una agenda informativa que no atiende las verdaderas necesidades de la región e instituciones públicas cada vez más negadas a suministrar información. Comunicadores sociales que caen en la tentación de “autorregularse” a fin de evitar impasses que pudiesen acabar con su trabajo y, en consecuencia, con su fuente de ingresos. Sumado a esto nos conseguimos con propietarios de medios que al ver su negocio en riesgo optan por la autocensura y omiten informaciones de interés público que ponen en tela de juicio la labor de los entes gubernamentales.

En fin, un sin número de limitaciones. Algunas a pesar de ser armas de mucho filo, dejan de ser tan agudas cuando el receptor está advertido y tiene conciencia de que la información que está recibiendo podría estar sesgada. En tal sentido, es conveniente tomar las debidas precauciones.

Ojo, no critico que cada quien proteja sus intereses, eso se ha convertido en una parte importante de la lucha por la supervivencia. El punto de quiebre está en que al ser la libertad de expresión y de acceso a la información un derecho fundamental inherente al ser humano, es claro que se transgrede el derecho del prójimo. En este punto es aplicable, de la sabiduría popular, lo de que “mi libertad termina donde comienza la del otro”.

Despiece
No fue amor a primera vista

Estaría mintiéndoles si les dijera que la radio fue mi primer amor, o que desde niña soñaba que era yo quien narraba las noticias. Mientras cursaba la carrera apenas realizamos unas cuantas prácticas de radio y mi voz se escuchaba como cuando jugaba de niña a hablar frente al ventilador, muy temblorosa.

Ella que no me encantaba y yo que ni bien me escuchaba, pensé en ignorarla toda la vida. Tampoco los periódicos son mi delirio, los reviso por Internet y no con mucha religiosidad. Así que me imaginaba que trabajaría en el área de las comunicaciones institucionales, escribiría para revistas y si en algún momento se me daba la oportunidad, incursionaría en televisión.

Pero para cuando ya estábamos por terminar la carrera los profesores insistían en la necesidad de mantenernos siempre informados, una de ellas sugirió escuchar programas de entrevistas y opinión, noticiarios y magazines. Ese fue el principio de una pasión.

Luego tuve oportunidad de conocer la radio por dentro y el acercamiento resultó muy provechoso, aprendí a controlar el vibrato en mi voz, a utilizar los recursos de audio y a recrear escenarios con efectos sonoros. En este punto ya me encontraba enamorada.

Es este cariño el que me motiva hoy a dedicarle la primera entrega de mi columna a la radio, un poco como agradecimiento también a la magia que ella nos ofrece y a la información fresca y actualizada que llega de la mano de colegas que dedican su tiempo a mantenernos entretenidos e informados, en el auto, en la casa, en el trabajo y cualquier lugar a donde nos encontremos.